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LA INDUSTRIA CARROCERA ARGENTINA Y SU DESARROLLO
Quienes
nos movemos cotidianamente en el mundo del diseño
y de la tecnología, sabemos que las innovaciones
pueden ocurrir de variada forma, con un impacto diferente,
según su modo de producción.
Algunas de ellas se dan de modo incremental,
y por lo tanto resultan de la combinación
de pequeños avances. Otras, en cambio, pueden suceder
de forma radical. Son éstas las que proponen
cambios muy significativos y marcan un quiebre entre el
antes y después de su aparición; establecen
algo así como nuevos paradigmas, verdaderos
referentes en su ámbito.
Me inclino a pensar que la industria carrocera argentina,
durante muchos años transitó el camino de
las innovaciones incrementales. Si tratamos de imaginar
cortes en diferentes momentos históricos de
su evolución, podríamos advertir que tanto
en la concepción formal, como en los recursos tecnológicos
aplicados para la resolución de sus productos,
hay un gradiente de pequeños pasos a veces insignificantes
en cada avance.
Durante las décadas del '30 y '40, los vehículos
tenían una correspondencia formal con las corrientes
estilísticas de los países desarrollados;
su materialización respondía al marco de
las posibilidades y limitaciones propias de una incipiente
industria (léase artesanía con
aires de llegar a ser industria).
En aquellos años la madera era el recurso
más usado como componente estructural y en la fabricación
del interior de las carrocerías; el acero en cambio,
estaba presente con mayor incidencia en el revestimiento
exterior.
Al promediar la década del '50, los carroceros
argentinos fueron alejándose lentamente de la madera
y en forma progresiva, incorporando componentes metálicos.
Creo que esta situación no puede considerarse en
forma aislada, sino que debe analizarse en un contexto
marcado por las ansias de un país buscando afirmar
su desarrollo industrial, lejos de una Europa que trataba
de consolidarse, luego de haber sido devastada por la
guerra.
Con las décadas del '60 y '70, el avance
de las carrocerías argentinas estuvo focalizado
a la incorporación de grandes superficies vidriadas,
que otorgaban al conjunto una nueva imagen, coherente
con el desarrollo estilístico de los automóviles
de aquellos años.
Los importantes avances logrados por los fabricantes de
chasis han constituido, sin lugar a dudas, un impulso
para concretar el salto cualitativo en la producción
de sus colegas carroceros. Sin embargo nuevos materiales,
como el caso particular del aluminio, han tardado bastante
en imponer su presencia,
al menos en la industria carrocera de nuestro país.
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Cametal Jumbus

San Antonio Imperial III |
Hay un punto de inflexión
en el sector, que -a mi entender- ocurre en 1978, a la
par del Mundial que nos llevó a la victoria en
el deporte del fútbol. Ese año, dos importantes
fábricas rosarinas lanzan al mercado una gama de
nuevos productos que fueron como un despertar después
de un pronunciado letargo.
San Antonio, Fábrica
Argentina de Carrocerías S.A. comienza a producir
su modelo Imperial, inicio de una exitosa
serie que, con elevado
nivel de aceptación, se prolonga hasta 1986,
con las versiones Imperial II, Imperial III
e Imperial III Futuro. A la par, Cametal S.A.
propone un vehículo que, al menos en lo formal,
introduce un nuevo enfoque para la época: me refiero
al modelo Nahuel II, que sigue evolucionando luego
en sus versiones Nahuel III y Jumbus. Éste
último dejó de producirse a mediados de
los ´90, lo que da una idea de su penetración en
el mercado argentino.

Chasis Scania BR116 |
Simultáneamente, los avances
de los industriales carroceros, tuvieron su contraparte
en las terminales automotrices, puesto que en 1978, Saab
- Scania Argentina S.A. comenzaba en su planta
de Lules, Provincia de Tucumán, la fabricación
de un innovador conjunto autoportante para ómnibus
de larga distancia: el BR 116. Esta propuesta,
por sus características técnicas y versatilidad
para el carrozado, me animo a definirla como verdaderamente
revolucionaria en relación
con sus competidores, en los que predominaban la oferta
de bastidores construidos con largueros en "U" y las plataformas
de caños y perfiles.
El Scania BR 116 no tardó en posicionarse
a la vanguardia de las preferencias de los transportistas
argentinos; fue un verdadero suceso que generó
en los carroceros, la necesidad de ponerse a tono
con sus productos para vestir este auténtico
baluarte de la industria nacional.
EL APORTE INNOVADOR DEL AEROBUS
En
un momento opacado por la falta de desarrollos innovadores,
en 1986 aparece un ómnibus con un perfil exótico,
capaz de desconcertar a más de un transeúnte.
Lo fabricaron en un pequeño y casi desconocido
taller carrocero de la Ciudad de Necochea bautizándolo
Aerobús; el impacto que produjo en el
sector fue tal, que me animo a decir, hay un antes y un
después desde su aparición.
La resultante formal, podría definirla como de
un increíble parecido al fuselaje de un avión
comercial, pero lógicamente, sin alas y cola.
Es evidente que se habían copiado los códigos
formales usados en la industria aeronáutica, hasta
en la silueta de las ventanillas, muy pequeñas
y fijas.
Como Diseñador Industrial, me interesa hacer una
reflexión en este punto: ¿hasta dónde
podemos jugar con el trasvase de las mismas soluciones
a diferentes contextos, sin el peligro de que se conviertan
en un sin sentido para sus destinatarios?
No tuve la oportunidad de viajar en uno de esos bólidos
del camino. Sólo en alguna que otra oportunidad
me acerqué para mirarlos en detalle. Todavía
hoy me pregunto qué percepciones habrán
experimentado aquellos usuarios que habitualmente
debían trasladarse en ellos.
Creo que la claustrofobia, seguramente tiene que haber
sido una constante, durante los viajes que se realizaban
en esos ómnibus y para colmo de males, se habían
concebido para servicios de larga distancia.....
De todos modos, en las cosas casi siempre hay una cara
positiva y otra que puede no serlo tanto, por eso quisiera
volver sobre algunos aspectos que considero muy favorables
del Aerobús. En tanto que a mediados de los ´80
la mayor parte de las fábricas argentinas de carrocerías
seguían produciendo unidades que parecían
grandes "cajas de zapatos", el lanzamiento del Aerobús
marcó una ruptura que fue capaz poner en crisis
a las corrientes estilísticas de ómnibus,
predominantes en el país, lo cual no es poco.
AEROBUS VS CX40
En octubre de 1986, durante una
visita que hice a la planta de Cametal S.A., en
Villa Gobernador Gálvez, cerca de Rosario, me encontré
con mi colega, el Diseñador Industrial Miguel Bustillo,
entonces a cargo del Departamento de Proyectos de esa
firma. En un momento de la larga charla que mantuvimos
sobre nuestro tema común, me mostró un rendering
de lo que él avizoraba como una propuesta del ómnibus
del futuro.
Me quedé atónito cuando lo vi. En ese dibujo
aparecía la silueta de la carrocería que
apenas un año después se iba a materializar
como CX 40. Hacía poco tiempo que el Aerobús
era una realidad sobre los caminos del país y con
su introducción al mercado, las grandes fábricas
argentinas empezaron a cuestionarse decididamente sus
políticas de diseño de carrocerías.
No me cabe la menor dudas que el Aerobús,
con sus virtudes y defectos había logrado plantear en
mi colega, un nuevo enfoque, una lente distinta
para sus futuros diseños. El CX 40 apareció
en el mercado a fines de 1987 y no es necesario recalcar
que fue en su momento, un verdadero suceso.
A
mi modo de ver, su éxito se debió al planteo
de una ruptura con los cánones tradicionales
del diseño de carrocerías observados
hasta ese momento, y su diseñador supo conjugar
muy equilibradamente los nuevos códigos formales
derivados de la aerodinámica, articulado con el
lenguaje propio de los ómnibus.
Apelando a términos del léxico de diseño,
podríamos afirmar que la forma no se
leía como un fuselaje de avión
sin alas ni cola; por el contrario, seguía siendo
un ómnibus, pero con una trompa extremadamente
trabajada para minimizar su resistencia al avance.
Retomando el mítico Aerobús y confrontándolo
ahora con el CX 40, el primero parecería
que no fue pensado en su concepción formal, para
la función principal que tenía que cumplir,
en tanto resultaba un vehículo para transporte
de personas. Si lo vemos de frente, se aproxima más
a un tubo que a un prisma, con lo cual se reduce significativamente
el confort de los pasajeros, ya que disminuye sensiblemente
el volumen útil de su interior.
Esta solución, es muy aplicada en el diseño
de los aviones. Allí tiene bien merecida su justificación
ya que por la velocidad a la que se desplazan, requiere
la priorización extrema de las condiciones aerodinámicas
del fuselaje. Pero aquí convendría aclarar
que no es lo mismo concebir un producto que se mueve a
casi mil kilómetros por hora, que uno que lo hace
escasamente al diez por ciento de ese valor.
Una vez más comprobamos que se han mutado los parámetros
a tener en cuenta en el diseño, según la
naturaleza misma de los productos: el avión es
avión y el ómnibus, por más innovación
que se le aporte en su diseño, no debe dejar
de ser ómnibus.
Sin embargo, hay que reconocer y enfatizar que el Aerobús
trajo nuevos aires para el diseño y la construcción
de carrocerías en la Argentina. En cuanto al diseño,
podríamos decir que marcó una innovación
radical, aún más allá de
sus defectos y estableció un punto de inflexión
en la concepción de estos productos.
De su construcción, resulta interesante
la incorporación de una importante proporción
de aluminio, lo que después ha sido tomado como
referencia, aunque todavía tímidamente,
por otras empresas del sector.
El Aerobús me parece que ha sido una de
esas tantas genialidades que son capaces de aparecer
y esfumarse con la misma rapidez, pero su impronta ha
sido por demás elocuente. Cuesta imaginarse que
en un taller casi artesanal de Necochea -una ciudad en
la que prácticamente no hay antecedentes de actividad
carrocera- haya podido concretarse una propuesta tan innovadora.
Desde la aparición de este modelo, las carrocerías
argentinas comenzaron a tomar un nuevo rumbo en su concepción
estilística. Una de las primeras respuestas, como
adelantamos, ha sido el CX 40 de Cametal,
que llegó a comercializarse cerca de cuatro años.
Al igual que en su antecesor, la curva de crecimiento
de aceptación ha sido muy abrupta, estimo que por
la novedad.
De todos modos, como se cumple inexorablemente con el
ciclo de vida de los productos, cuando los destinatarios
comienzan a usarlos y a conocer sus virtudes y defectos,
esa curva va decreciendo y puede caer en corto tiempo,
en función de las demandas que promueven en el
mercado. Ése es el caso del Aerobús
y en menor medida, la situación se repite también
con el CX40.
Analizando la situación, da la impresión
que cuanto más novedosos son los productos y rápida
es su aceptación en el mercado, con la misma velocidad
se pierde la preferencia de los usuarios por ellos.
AEROBUS, CX40, Y
EL GUSTO ARGENTINO
En términos de
innovación tecnológica, el Aerobús es una alternativa
decididamente proactiva, es decir, que se adelantó a las
soluciones predominantes en su contexto, y el CX 40, de
corte reactivo, esto es una respuesta al avance impuesto
por su predecesor . El primero de estos apareció como
una novedad no derivada de otros modelos de carrocerías
para ómnibus, aunque debemos reconocer que tipológicamente
muy asociado con los aviones; es evidente que significó
un quiebre en lo formal, con respecto a los modelos que
se producían entonces en el país.
El CX 40 en cambio, fue la respuesta "depurada",
hecha al gusto argentino, por parte de uno de los
fabricantes más tradicionales y prestigiosos de
nuestras pampas, que no quiso perder la posibilidad de
ganar un potencial mercado ávido de nuevas propuestas,
pero con un profundo respeto por la idiosincrasia instalada
en el ambiente.
Aún así, el CX 40 está lejos
de ser un producto perfecto; son bien conocidas
sus bondades y también sus defectos.
Hasta el día de hoy, y contra las tendencias, la
altura de estas carrocerías parecería lo
más aconsejable, tanto para la estabilidad de los
vehículos en ruta, como para el cómodo ascenso
y descenso de los pasajeros. Sin embargo el excesivo reclinamiento
del parabrisas sobre el puesto de conducción, provocaba
una especie de "efecto invernadero" en el chofer y acompañante;
por otra parte, el ingreso a ese lugar -en la primera
versión con una sola puerta de acceso- no era tarea
fácil.
En relación con el Aerobús, un punto que
estimo crítico ha sido la desconsideración
de sus autores por ese gusto argentino, metido
hasta el tuétano en nuestros transportistas.
Estos, a quienes conozco lo suficiente, por mi actividad
profesional, suelen ser muy reacios a los cambios abruptos.
Arrastran de generación en generación, una
fuerte tendencia a la inercia provocada por una actividad
que durante mucho tiempo, ha estado fuertemente impregnada
de proteccionismos absurdos.
De todos modos, respuestas de diseño de neto corte
proactivo, como el caso del Aerobús, constituyen
aportes interesantes como propulsores del desarrollo,
en determinados momentos de la historia industrial de
un país, ya que hacen entrar en crisis las
estructuras anquilosadas, carentes de la competitividad
necesaria para el éxito, más aún
en estas épocas de globalización.
En gran medida, también es responsabilidad (y deber)
de los diseñadores estar empapados de la realidad
socio-cultural del ámbito en que se va a insertar
un nuevo producto industrial. Este profesional tiene que
detectar permanentemente las variaciones de las necesidades
y preferencias de los destinatarios de sus realizaciones.
Lamentablemente la realidad deja entrever que no siempre
se ha manifestado esta condición y creo que es
una de las causas de los fracasos de muchos proyectos
en este campo de la industria.
En síntesis, no debemos espantarnos ante propuestas
que parecen traídas de otro planeta, cuando
las condiciones de nuestro contexto reclaman aires renovadores,
para salir de su atraso. Pero a la vez, debemos ser cuidadosos
en la misión que tienen las nuevas soluciones,
en tanto son productos de diseño.
Finalmente, un aspecto a tener en cuenta para no fracasar
en el intento, es el análisis de las reales necesidades
y preferencias de los destinatarios, por sobre la generación
de innovaciones, consideradas sólo en sí
mismas. De esta manera ellas perdurarán en el tiempo
y sus autores, podrán sentir el goce de una obra
bien realizada.
R.
Tomassiello
(* ) El
autor es Consultor de empresas de transporte. Asimismo
se desempeña como Profesor Titular de la Carrera
de Diseño Industrial en las Universidades Nacionales
de Cuyo y de San Juan y en el nivel de Posgrado, ejerce
como Profesor de Ergonomía en la Universidad Tecnológica
Nacional.
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